De la real fantasía
Escrito por: Jeisson Leonardo Rico Duque
Facultad de Lenguas Modernas
Escrito por: Jeisson Leonardo Rico Duque
Facultad de Lenguas Modernas
DE LA REAL
FANTASÍA
Hadas, sirenas y demás
criaturas fantásticas han sido el tema central de leyendas y mitos, pinturas y
literatura, monumentos, creencias, religiones y demás testimonios dejados por
la humanidad a través de su historia. En oriente y occidente, sin importar sus
marcadas diferencias culturales, las civilizaciones antiguas y modernas
comparten su fascinación por estos seres. Los nórdicos, con sus celtas y
vikingos, legaron registros históricos sobre la existencia de dragones. Estos,
por supuesto, fueron interpretados por los historiadores como leyendas y
fantasía. El misterio surge cuando, en otro extremo cultural y geográfico, se
menciona la supuesta existencia de los mismos seres: hoy en día los chinos aún
adoran a sus míticos dragones. ¿Son estos seres el producto de una fantasía
colectiva, o de una realidad olvidada?
Animal Planet, el
reconocido canal de documentales sobre especies animales, sorprendió a sus
televidentes con un documental sobre sirenas. El programa “Sirenas”,
perteneciente a la serie “semana de monstruos” organizada por el canal, mostró
imágenes sorprendentes sobre estas misteriosas criaturas. Un día después de
transmitido el documental la comunidad científica estadounidense publicó un
artículo que desmentía la existencia de dichos seres. “No hay ninguna evidencia
de que estas criaturas antropoideas hayan sido descubiertas”, reza el artículo
publicado por científicos estadounidenses, el cual agrega que, “sin embargo, no
se sabe por qué la mayoría de los marineros cree en ellas. La respuesta nos la
pueden dar solo los historiadores, los filósofos y los antropólogos”. (Tomado de: http://actualidad.rt.com/actualidad/view/48365-EE.UU.-hunde-mito-de-sirenas)
El autor del documental
subraya que “la ciencia sirvió de trampolín a la imaginación” en la
popularización de las sirenas. También hace hincapié en que contiene varios
hechos reales, como registros de pruebas acústicos de la Marina de EE.UU. de
los años 90, informa Actualidad RT.
(Tomado de: http://actualidad.rt.com/actualidad/view/48365-EE.UU.-hunde-mito-de-sirenas)
“La película combina los fenómenos con la
historia de dos científicos que afirman haber encontrado los restos de una
criatura marítima desconocida. Una infografía espectacular reconstruye el mundo
donde las sirenas nadan bajo el agua, cazan con delfines y sobreviven en un
mundo contemporáneo”, reza la publicación. (Tomado de: http://actualidad.rt.com/actualidad/view/48365-EE.UU.-hunde-mito-de-sirenas)
La cadena pudo haber
realizado un documental sobre sirenas con el simple propósito de atraer
televidentes. Si captar la audiencia hubiese sido el único propósito del canal,
se haría un programa con afirmaciones y testimonios insustanciales, es decir,
sin el apoyo de las pruebas. En lugar de
eso el canal sí presentó evidencias. Sobre esto podría afirmarse que las imágenes
mostradas podrían ser falsas y que el espectador no tiene los medios ni los
datos para demostrar la veracidad de las mismas. También podría decirse que los
productores del programa adolecieron de falta de rigor científico. Y también
podría afirmarse que las pruebas expuestas son insuficientes. Hay una y cien razones
a las que los opositores podrían recurrir para argüir su inconformidad con el
documental. Pero, paradójicamente, el
rápido descrédito generado por el programa en la comunidad científica logró el
efecto contrario: acreditarlo.
Si el programa es
risible en cuanto a rigor científico se refiere, si las pruebas mostradas y los
testimonios recabados en el documental son falsos, si la información expuesta sobre
sirenas carece de valor, entonces, ¿por qué al día siguiente sale publicado un
artículo científico desmintiéndolo? ¿Por qué tratar de hundir algo que se
hundiría solo bajo el peso de sus propias inconsistencias y mentiras? Y, sobre todo, ¿por qué hacerlo al día
siguiente de transmitido el documental? ¿Por qué tanta prisa? ¿Acaso los
científicos estadounidenses no tenían algo mejor que hacer ese día? ¿Desmentir
un documental sobre sirenas era más importante que encontrar el bosón de Higss
o la cura para el cáncer? Y si lo era, ¿por qué lo era? ¿Por qué darle tanta
importancia a un programa de televisión? Solo ellos lo saben. La única certeza
que se tiene sobre el pensamiento ajeno es la reacción que este produce. La
desmedida reacción de los científicos dice mucho sobre lo que pensaban.
Un programa sobre las
“fantásticas” sirenas causa escozor en la ciencia; la fantasía, nuevamente,
chapotea en las aguas de la realidad humana. La misma fantasía que antaño hizo parte
de la cotidianidad del humano y de su arte, de su música, de su religión, de
sus cuentos y de sus fiestas, hogaño regresa para levantar ampolla en las
mentes conservadoras. O no, no regresa, porque jamás se fue. Los seres
fantásticos, las historias de brujas, de hadas madrinas, de duendes con sus
graciosos sombreros y ollas turgentes de oro se cuelan siempre en la psique
humana y en su expresión colectiva y personal. Se cuelan y permanecen. La
fantasía hace parte de la realidad del hombre. Fantasía y realidad fácilmente
podrían convivir juntas, fácilmente
podrían ser una sola para crear una nueva realidad, pero aún las separa una
frontera, una delgada línea: la creencia.
El diccionario de la Real Academia de la
Lengua Española define creencia como: “creencia. (De creer). f. Firme asentimiento y
conformidad con algo; completo crédito que se presta a un
hecho o noticia como seguros o ciertos; f. religión, doctrina; f. ant. Mensaje o embajada; f. ant. salva (‖ prueba que se hacía de la
comida y bebida). (RAE, 2012)
Abordando las tres primeras
acepciones de la palabra consignadas en el diccionario, comenzando con la
primera (firme asentamiento y conformidad con algo) y relacionando a la misma
con la fantasía, se puede afirmar que la conformidad con la idea de la
existencia de un ser indivisible hacen de éste una realidad inherente a una
sociedad. Dios es real para la sociedad cristiana. La idea de la existencia de
Dios está asentada en la realidad común compartida por los pueblos cristianos. Y
así, lo que para unos podría ser un ser de fantasía, para otros, para la
sociedad cristiana, Dios es tan real y perceptible como estas palabras.
Ahora, tomando como punto de partida la segunda y
tercera acepción de la palabra (completo crédito que se presta a un hecho o
noticia como seguros o ciertos; doctrina, creencia) se asevera que el crédito
que se le presta a un hecho es también meramente subjetivo. Para unos existe un
dios por el crédito que le han dado a las enseñanzas y tradiciones heredaras de
su cultura, por el crédito que esta cultura le ha dado a una compilación de muchos y antiguos libros en uno solo llamado Biblia (del cual se dice que fue escrito por inspiración divina,
siendo este, junto al Corán, el máximo reconocimiento que ha recibido libro alguno en la historia reciente de la humanidad), para otros existen muchos dioses o deidades
por motivos parecidos (herencia cultural y tradición oral y escrita) y, para
los demás, no existe ninguno.
Hay un dios, hay varios
dioses, no hay ninguno. Las creencias forjan variopintas realidades sutiles,
espirituales y, además de todo, personales. Teniendo en cuenta lo anterior, ¿es
justo interpretar las creencias ajenas como mitos y leyendas? ¿Es justo decir
que los espíritus contenidos en los árboles adorados por los sacerdotes druidas
de la cultura nórdica no son más que quimeras de hombre primitivo? ¿Los árboles
no contienen un espíritu más evolucionado que el nuestro, y por ende es una
locura solicitarle a un vegetal un consejo sobre la mejor manera de encausar
nuestra vida y la de nuestro pueblo porque simplemente esas creencias no
conjugan con las nuestras? ¿Las ninfas, las musas catalizadoras de la creación
artística del hombre, los duendes y las hadas y demás habitantes fantásticos de
los bosques de las épocas de caballeros y dragones, de marineros que luchaban
contra bestias colosales y cantos de sirenas son todos fantasía porque no hay
mención de ellos en nuestra biblia? Partiendo de esta premisa, ¿no es posible
afirmar que Cristo no existió? El que esté libre de pecado…
Ahora
bien, el mundo científico, de supuesta inclinación
objetiva y pensamiento nihilista (no creen en nada que no sea ciencia), de
ecuaciones abstrusas que demuestran la incuestionable existencia de la materia
oscura (materia que ¡Oh, sorpresa! no se ve), de la antimateria y los agujeros
negros y los agujeros de gusano que comunican con otros puntos del universo e
incluso con otros universos paralelos y demás fantasías intangibles que solo
los científicos entienden y ven, el mundo fantástico que con teorías hoy dice
verdades “irrefutables” y mañana las desmiente con más teorías y verdades
“irrefutables”, que mitifica las creencias de nuestros antepasados y lanza en
ristre ataca a un documental que habla sobre sirenas y de paso a los marineros
que dicen haberlas visto, este mundo pedante, este mundo respetable pero irrespetuoso,
extrañamente, inexplicablemente, se siente vulnerado por la mención de unas
sirenas.
Por
lo visto, para la ciencia lo que no está plasmado en forma de números y ecuaciones en un tablero acrílico no existe. Lo que no
se ve no es real. Si no hay evidencias del objeto entonces dicho objeto es
producto de la fantasía. ¿Son falsas las afirmaciones del documental porque no
hay un esqueleto de sirena que pueda ser estudiado por carbono 14 y exhibido en
un museo? Si así es, entonces el bosón de Higgs, más pequeño que el átomo y por
ende invisible, tampoco existe.
¿Por qué cree Ud. que a
las salamandras las asociamos con el fuego? ¿Y por qué los duendes son
considerados tan trabajadores que hasta se ha acuñado la frase “trabajar como
enano”? ¿Será, quizás, porque en verdad existen las salamandras y los duendes?
¿Tiene Ud. los argumentos definitivos para negarlo? Producto de una actitud
mental estrecha, la mayoría de las personas sólo creen en lo que sus ojos
pueden ver. Niegan la existencia de cualquier cosa, ser, lugar o realidad que
escape al limitado alcance de sus sentidos; se rechaza de plano todo lo que que
no sea visible, audible, palpable. ¡Qué flojera mental! ¡Qué comodidad! Nadie
con un mínimo de conocimiento —y no estoy hablando necesariamente de un sabio
avanzado en metafísica— puede ya sostener que algo no existe porque no lo puede
ver. Muchos tampoco han visto al ángel de la guarda y sin embargo creen en él.
Lo mismo pasa con otros ángeles y seres espirituales de dimensiones superiores
a la vida humana. El mismísimo Dios, sin ir más lejos. Por lo tanto, el “no
ver” con los ojos del cuerpo no es ya un argumento válido para negar la
existencia de algo. Menos cuando se desarrollan los ojos del alma y se alcanza
con ellos la visión real, ilimitada. (Tomado de: http://www.mysteryplanet.com.ar/site/?p=1038).
El
mundo es formado por lo que percibimos con nuestros cinco sentidos, por eso la
realidad de un ciego no es la misma realidad de un vidente. De cierta manera
nuestros sentidos son “ciegos”, acotados,
por eso no podemos percibir la realidad que percibe un gato con su visión
nocturna o la que percibe un perro con su hipersensible sentido del olfato. Un
hedor imperceptible para nosotros es un objeto real para el perro que siente su
olor.
Hay
dos especies de naturaleza: las que es de Adán y la que no lo es. La primera es
palpable, aprehensible, densa porque está hecha de tierra. A ella pertenece el
hombre. A la segunda, la sutil, pertenecen los espíritus. Y a la tercera, la
intermedia entre la densa y sutil, pertenecen los seres fantásticos. (Paracelso, 1591)
Teofrastus
Bombastus Von Hohenheim, también llamado Paracelso, uno de los médicos más
famosos en Europa en el siglo XVI, publicó en 1591 una obra inmensa que
abarcaba tratados médicos, alquímicos, filosóficos y teológicos, incluyendo “El
libro de las Ninfas, los Silfos, los Pigmeos, las Salamandras y demás
espíritus”. En este libro se inspiraron Goethe, los hermanos Grimm y Heine para
realizar sus obras, protagonizadas por estos seres elementales de la
naturaleza, a quienes comúnmente se representa como figuras humanizadas, vestidas
de manera extraña y rodeados de mucho misterio. (Tomado de: http://www.mysteryplanet.com.ar/site/?p=1038).
En
un aparte del “libro de las Ninfas” Paracelso menciona: hay dos especies de
naturaleza: las que es de Adán y la que no lo es. La primera es palpable,
aprehensible, densa porque está hecha de tierra. A ella pertenece el hombre. A la
segunda, la sutil, pertenecen los espíritus. Y a la tercera, la intermedia
entre la densa y sutil, pertenecen los seres fantásticos. (Paracelso, 1951)
Los
seres fantásticos hacen parte de nuestra historia, de nuestra realidad, ya que
el simple hecho de mencionarlos, de tenerlos incrustados en nuestra cultura,
los hace reales. No hay una sola civilización humana que no haya adorado algún
ser impalpable, sea este un espíritu del bosque, un hada, un elfo, el sol, la
luna (visibles como objetos, adorados como sujetos imperceptibles) o los dioses
del panteón griego o el único dios católico, entre otros.
El
mundo sutil, imaginario, es tan real como la droga que el vigilante de un
aeropuerto pasa por alto pero que el perro percibe, tan real como el átomo,
como el espíritu que anima nuestro cuerpo y el ángel de la guarda que nos cuida
en momentos de vulnerabilidad.
¿Son estos seres el producto de una fantasía colectiva, o de una realidad olvidada? Ellos son el producto de nuestra sutileza, de esa parte nuestra que no vemos pero sentimos. Son el producto de nuestro instinto, de nuestro espíritu. De nuestra creencia.
¿Son estos seres el producto de una fantasía colectiva, o de una realidad olvidada? Ellos son el producto de nuestra sutileza, de esa parte nuestra que no vemos pero sentimos. Son el producto de nuestro instinto, de nuestro espíritu. De nuestra creencia.
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